LA DISTINCIÓN DE LA DISTINCIÓN – UN CIELO ESTRELLADO

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Para ilustrar el papel que les cabe a las distinciones en la configuración lo que observamos, vamos a contar un cuento. Voy a suponer que estoy en una casa de campo, alejado de la ciudad. Es de noche, y no hay luna ni nubes en el cielo. En un determinado momento salgo de la casa, me paro a la intemperie, miro hacia arriba y observo el cielo lleno de estrellas. Se dirá que no hay nada especial en lo que me ha pasado, y que a cualquier persona que se someta a las mismas condiciones que he descrito, le pasaría lo mismo que me ha pasado a mí y, por tanto, vería, como yo, un cielo lleno de estrellas. Pues bien, eso es falso. No puede ver estrellas quien previamente no posea la distinción de estrella.

–  Bueno –podrá alguien argumentarme-, tal vez no las llame estrellas, por cuanto esa persona quizás no hable castellano, pero no podrá dejar de ver las estrellas, pues ellas están allí. Sólo que las llamará con otro hombre.

–  Pues no –respondo yo-: no importa cómo las nombre, no importa cómo las llame. Si esa persona no posee la distinción de estrella, cualquiera sea el idioma que hable, no le será posible observar estrellas.

–  No puede ser –me contra argumentará-; en la medida en que sus sentidos no estén afectados, esa persona inevitablemente verá las estrellas puesto que ellas están allí.

Ante el desconcierto que suscita mi postura, me doy cuenta de que debo ir algo más lejos. De lo contrario, es posible que mi interlocutor crea que me estoy volviendo loco. ¿Cómo alguien, en sus cinco sentidos, podría no ver lo que está allí? El punto es precisamente ese: ¿qué es aquello que está allí? Lo que hace el lenguaje es, precisamente, configurar el carácter de “lo que está allí”. No pongo en duda que puede haber algo allí. No dudo que, de estar eso allí, posiblemente algo veremos. El punto que está en disputa es cuál es el carácter que le voy a asignar a aquello que está allí, sea esto lo que sea. Eso, insisto, lo provee el lenguaje, y una de las maneras más importantes de cómo lo hace es a través de “distinciones”. Por ahora, sin embargo, me es preciso hacerme cargo del desconcierto de mi interlocutor y procurar sacarlo de él.

 


 

–  A ver –le digo- por qué no nos situamos en un momento de la historia en el que los seres humanos no poseían la distinción de estrella, y nos preguntamos sobre lo que veían cuando vivían una experiencia equivalente a la que yo he descrito. La distinción de estrella, lo sabemos, fue introducida en la antigüedad por los babilónicos. Ellos son los fundadores de la astronomía; ellos enunciaron por primera vez la distinción de estrella. Preguntémonos, entonces, ¿cómo veían ese cielo los babilónicos, antes de que formularan la distinción de estrella? ¿Lo sabes?

–  No –me responde-.

–  Yo te lo voy a contar. Esos babilónicos veían una inmensa bóveda oscura que tenía una multitud de hoyitos a través de los cuales se filtraba la luz del más allá. 

–  ¿Eso significa –me pregunta- que eso es lo que todos veríamos cuando no disponemos de la distinción de estrella?

–  No, de ninguna forma. Eso es lo que observaban los babilónicos. Otros pueblos, quizás, observaban otras cosas. Todo depende de las distinciones que tuviesen y de la tradición de sentido de la que formaba parte.

–  ¿Pero qué otra cosa podría verse?


 

 

–  Infinitas cosas. Vamos, por ejemplo, a los griegos. Luego de que los babilónicos introdujeran la distinción de estrella, esta distinción llegó a los griegos, y sabemos que ellos hicieron nuevas contribuciones en el campo de la astronomía. Pero la pregunta que podemos ahora hacernos es la siguiente: antes de que les llegara la distinción de estrella, ¿qué observaban los griegos cuando miraban al cielo en condiciones como las que he descrito?

–  ¿Y qué observaban?

–  Esta es una respuesta interesante. Ellos observaban también, de manera similar a los babilónicos, una gran bóveda oscura. Sin embargo, a diferencia de ellos, los griegos veían que de esa bóveda colgaban unas lámparas encendidas. Ninguna referencia, por lo tanto, a la luz del más allá. Pero, curiosamente, los griegos hacen una diferenciación. Ellos separan estas lámparas en dos grupos. Las primeras son fijas. No se mueven. Pero descubren que hay otras que se mueven, que cambian de posición. Al descubrir esto, se dicen: “Si algunas de estas lámparas se mueven, alguien debe estarlas moviendo. Pero no hay ser humano que pueda hacerlo y, por lo tanto, debe tratarse de dioses. Debe haber distintos dioses a cargo de mover cada una de esas lámparas movedizas. Y de esa forma, los distintos dioses que conforman el panteón divino de los griegos son los que se supone que mueven esas lámparas. Hay una, por ejemplo, que la mueve Afrodita (los romanos la llamarán Venus); otra que es movida por Hermes (en latín le llamarán Mercurio); otra la mueve Ares (Marte); a otra, Poseidón (Neptuno), a otra, Zeus (Júpiter), a otra Cronos (Saturno). Y de esta manera hemos heredado algo de esa mirada de los griegos, y usamos los nombres de sus dioses, traducidos al latín, para referirnos a los planetas, esos objetos movedizos del firmamento.

La cara de mi interlocutor ha cambiado. Ello me anima a proseguir con mi relato. Todavía no he logrado mostrarle cabalmente el poder de las distinciones y el papel que les cabe en la manera como observo tanto el mundo como a mí mismo.

–  Pues bien –le digo-, volvamos al comienzo de mi relato, cuando me encontraba en el campo, de noche observando ese cielo lleno de estrellas. Y hagamos aparecer en escena a un amigo mío que es un astrónomo, una persona dotada con distinciones que yo no poseo.

–  Hola, Rafael. ¿Qué estás haciendo? –me dice-. ¿En qué estás?

–  Hola –le respondo-. Estoy aquí conmovido, observando este cielo único, lleno de estrellas, sintiendo que me conecto con el infinito.

–  A ver, a ver –me explica-. Creo que te precipitas en tus conclusiones. Vamos por partes.


 

Tomemos primero eso del infinito. Estás consciente de que eso es sólo un decir, ¿verdad? Pues lo que estás viendo es sólo un pedazo pequeño de la tercera capa de una galaxia en un universo en el que posiblemente hay millones de galaxias. El infinito es mucho mayor de lo que tú eres capaz de observar. 

–  Pero ¿te das cuenta? –le digo-. Con lo que has dicho me acabas de expandir el mundo. Yo que creía que me conectaba con el infinito y tú me dices que esto no es más que un pequeñísimo rincón del universo.

–  ¡Pequeñísimo! Efectivamente. Pero hay más. Tú me hablas de un cielo lleno de estrellas, como si todo lo que hubiera fueran estrellas.

–  ¿Y hay acaso alguna otra cosa? –le pregunto-. Yo no veo sino estrellas. El resto es sólo oscuridad.

–  Pues te equivocas. No sólo estrellas, no sólo oscuridad. Déjame introducir algunas distinciones. Tú parecieras llamar estrella todo punto iluminado. Pero tras esa luz hay dos tipos de cuerpos celestes muy diferentes. Estrellas son aquellos cuerpos que poseen luz propia y que logramos ver por el reflejo de su propia luz.

–  ¿Y es que hay acaso algunos cuerpos que tienen luz que no sea propia? –le pregunto yo.

–  Tal cual; hay muchos cuerpos que, aunque se ven iluminados, sólo reciben la luz de alguna estrella, y ésa es la luz que vemos en ellos. Déjame introducir algunas distinciones adicionales. La tierra donde vivimos es un cuerpo sin luz propia. De lo contrario no podríamos vivir en ella, pues nos quemaríamos vivos. Ella pertenece a un sistema de cuerpos sin luz, tales como ella, que giran alrededor de una estrella, el sol. Lo llamamos el sistema solar. De noche, el sol se encuentra del lado opuesto de la tierra y por lo tanto no lo vemos y el cielo se nos muestra oscuro. Sin embargo, la luz del sol alcanza a llegar a estos otros cuerpos sin luz del sistema solar, cuerpos que llamamos planetas, permitiendo que los veamos iluminados. Pero se trata de planetas. No son estrellas.

–  ¿Y me puedes mostrar algunos?

–  Por supuesto ¿Ves aquel cuerpo luminoso al que estoy apuntando? Es la primera luz que vemos en la tarde, al caer la noche, y la última luz que vemos en el amanecer. Se trata del planeta Venus. No tiene luz propia.

–  ¿Hay otros?

–  Muchos otros. Mira aquel rojizo que se encuentra a ese lado. Ese es el planeta Marte.

Tampoco posee luz propia. La luz que vemos en él es la luz del sol reflejada en su superficie. Lo vemos rojizo por cuanto contiene gran cantidad de azufre. ¿Ves ese otro a ese lado? ¿Ese pequeñito? –me indica apuntando nuevamente con el dedo-. Pues ése es Mercurio. Es otro planeta de nuestro sistema solar. ¿Y ves ese otro, un poco mayor, allá? Pues ese también es un planeta. Es el mayor del sistema solar. No lo vemos tan grande, pues está más lejos que los anteriores. Es Júpiter.

–  ¿Y qué más puedes mostrarme?

–  Pues, dejemos a un lado los planetas que, además de no tener luz propia, giran

alrededor del sol y por lo tanto cambian de posición en el firmamento. Pasemos ahora a las estrellas. Son aquellos cuerpos que poseen luz propia y que, con excepción del sol, al que solemos ver moviéndose como resultado de los movimientos de la propia tierra, parecieran estar fijos y equidistantes los unos de los otros. Pues bien, a las estrellas podemos agruparlas en constelaciones, en grupos de estrellas que se mantienen conformando una determinada configuración en el firmamento. Ello implica que no sólo podemos ver estrellas, podemos observar también constelaciones. Mira, esa la llamamos la constelación de Orión; a esa otra, la llamamos la Osa Mayor. Parecieran formar figuras diferentes. 

–  ¿Y hay algo más que pudieras mostrarme?

–  Pues mucho más. Podría quedarme contigo toda la noche, mostrándote cosas nuevas que te van a sorprender. Descubrirás que en ese cielo que tú inicialmente sólo veías

estrellas, hay muchas otras cosas.

–  ¿Cómo qué?

–  Como, por ejemplo, ese puntito luminoso que se encuentra en esa dirección. ¿Lo ves? Ese pequeñito que se mueve lentamente. Sólo lo verás moverse si te detienes en él.

¿Te das cuenta que se mueve?

–  Es cierto. Pareciera que se acerca a esa estrella que tiene al lado.

–  Pues no se acerca a ninguna estrella. En realidad aunque parece que estuviera muy lejos, en rigor está muy cerca. Lo que pasa es que es muy chiquito. Es un satélite. Lo hemos construido en la tierra y lo hemos mandado al espacio. Esta girando alrededor de nosotros y lo utilizamos en nuestros sistemas de comunicación. ¿Cómo crees que logras ver los canales de televisión de otros países? Las ondas de transmisión de estos canales son recogidas por esos satélites y retransmitidas de manera que puedan llegar a tu televisión. De lo contrario no sería posible. Por lo tanto, ese cuerpo luminoso que se mueve allí es el más cercano a la tierra, de todos los que ves y lo hemos mandado desde acá.

–  ¿Puedes mostrarme algo más?

–  ¿Cuánto más?

–  Sólo una cosa más. Por favor. Enseguida te dejo en paz.

–  Bueno, una última cosa más. ¿Sabías que hay estrellas que tú ves y que no existen?

–  Pero, ¿cómo? Si las veo, tienen que existir.

–  Pues te equivocas. Lo que realmente ves es sólo su luz. Pero el tiempo que demora en

llegar esa luz es muy largo, y desde el momento en que esa luz fuera enviada, esa estrella se extinguió. Por lo tanto estás viendo la luz de un cuerpo que, hoy ya no tiene luz.

–  ¿Y yo la estoy viendo?

–  Estás viendo la luz que esa estrella tuvo en el pasado, pero no la luz que ella tiene el

presente, pues hace ya muchos años que dejó de tener luz.

–  Me parece increíble.

–  Me imagino.

–  ¿Y podrías decirme una última cosa más? ¿Una última, última?

–  ¿Pero no era la anterior la última?

–  Claro, pero esta sería la última, última…

–  Pero así no vamos a terminar nunca.

–  Te prometo que con esta terminamos.

–  ¿Me lo prometes?

–  Absolutamente.

–  ¿No va a haber luego una última, última, última?

–  Te prometo que no.

–  De acuerdo. Sólo con esa condición. Escucha: ¿sabías que las estrellas mayores, las que tienen más luz, están ahí y no las ves?

–  Pero eso no puede ser. Si están ahí, y son las mayores y las que tienen más luz, ¿cómo podría no verlas? 

–  Para ello requeriremos de una nueva distinción. Se trata de lo que llamamos “hoyos negros”. Se trata de estrellas muy grandes que por su tamaño tienen tal fuerza de gravedad que se tragan su propia luz. Sabemos de su existencia por el comportamiento de las demás. Dada la gran fuerza de gravedad que poseen crean un campo que afecta todo lo que está a su alrededor. Y dado lo que pasa en su cercanía hemos descubierto que existen. Pero no podemos verlas.

–  ¿Verdad que sí?

–  ¿Sabes? Me has cambiado por completo el mundo. El mundo que ahora logro ver con las distinciones que me has entregado es completamente diferente de aquel que antes observaba.

–  Pues no me extraña. El mundo que observamos lo constituimos con nuestras distinciones.

–  Creo que he aprendido no sólo algo nuevo y fascinante con respecto al universo. Creo que me has enseñado algo todavía más inesperado con respecto a mí mismo y al poder

que poseen mis propias distinciones.

–  Me alegro mucho.

Mientras mi amigo astrónomo se aleja hasta perderse en la oscuridad, constato que ahora observo un mundo diferente. Pero me doy cuenta de que no es solo el mundo el que ha cambiado. También he cambiado yo: ha cambiado el observador que yo era.

Vuelvo ahora mi mirada hacia mi interlocutor. Me percato que su rostro tiene ahora algo que no tenía al inicio de nuestra conversación. Algo nuevo. Me doy cuenta de que posiblemente está pensando que, a partir de mi relato no sólo ha cambiado mi mundo y he cambiado yo. Tengo la impresión que siente que él también ha cambiado. Ahora sonríe. Me pregunto si algo similar le habrá sucedido al lector.

El observador y su mundo – Volumen I Rafael Echeverría 

 


 

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